martes, 10 de mayo de 2016

Entrevista a Agustín Martínez

    —Recalculando.

            Aprieto con fuerza el volante y rechino los dientes, mirando en la pantalla del GPS el icono del coche dar vueltas en un espacio en negro. Nunca me gustó la tecnología, y más aún si no es capaz de orientarme en el culo del mundo, que es exactamente donde me encuentro.

            —Recalculando.

            —Cállate ya, trasto del demonio —vocifero dentro del habitáculo, sintiéndome al instante ridículo por descargar mi ira en una máquina—. ¿Quién me mandaría venir?

            Veo las primeras gotas de lluvia repiquetear contra el cristal del coche, provenientes de un cielo lleno de nubes amenazadoras, las cuales tapan cualquier resquicio por donde pueda colarse un mísero rayo de luz, tiñendo de gris el paisaje arbolado que colinda la carretera serpenteante por la que circulo.

            —Lo que me faltaba. Esto mejora por momentos.

            Activo los limpiaparabrisas cuando la lluvia gana en intensidad, añadiendo un problema más a mi ya de por sí desperada situación. Intento llamar por teléfono, pero la cobertura es inexistente, por no hablar de mi batería, que esta por debajo de la mitad. Definitivamente, en mi anterior vida fui un auténtico cabronazo.

            Cuando ya doy todo por perdido, unas luces giratorias en el horizonte me hacen cobrar de nuevo la esperanza. Freno con fuerza al percatarme de que es un control lo que tengo delante, evitando por poco comerme el parachoques trasero del vehículo que me precede.

            Bajo la ventanilla cuando un Guardia Civil se acerca a mi coche, calado con un chubasquero y una linterna en la mano, alumbrando con su haz mi cara y el interior de mi coche.

            —Agente, ¿me podría indicar la dirección a Monteperdido? —pregunto, cuando da por concluida la inspección de mi coche.

            —Siga recto. No tiene perdida —contesta de forma hosca, yendo hacia el coche que tengo detrás de mí para inspeccionarlo.

            Arranco y, tras unos minutos de sufrimiento durante los cuales pienso que me he pasado el pueblo, este aparece de la nada, escondido tras una intensa capa de lluvia. Sigo las indicaciones que memoricé, circulando por calles desiertas y mojadas, percatándome de como en la mayoría de las ventanas las cortinas se mueven ligeramente, cubriendo a los curiosos habitantes que intentan dilucidar quien es el forastero que circula por sus territorios.

            Aparco en la plaza del pueblo y me siento observado por los congregados allí. Sus rostros tapados por las capuchas de los chubasqueros confieren a la escena un toque tétrico. Ando entre ellos, saludando por lo bajo y sintiendo como todas las miradas se centran en mí.

            —Por fin has venido —dice Agustín Martínez, abriendo la puerta a la que he llamado—. Pasa antes de que te empapes.

            —¿Qué hace toda esa gente afuera con este tiempo?

            —Han desaparecido dos niñas del pueblo —contesta Agustín—. Los ánimos están caldeados. Pasemos al salón para la entrevista.

            Le sigo, no si antes observar por la ventana a los reunidos en la calle. Sombras cubiertas indiferentes a la tromba de agua que cae. De repente, un relámpago ilumina todo el exterior, permitiéndome, durante unos instantes, atisbar esas miradas de desconfianza y secretos. Algo esconde ese pueblo. Y no tardará en salir a la superficie.




 Agustín Martínez uno de los más importantes guionistas de nuestro país, nace en Lorca en 1975. Licenciado por la Universidad Complutense de Madrid en Imagen y Sonido, realiza sus primeros trabajos en el mundo de la publicidad pero cambia de trayectoria escribiendo guiones para televisión, entre el que destaca Al salir de clase en 1999. Desde entonces ha participado en otras muchas series como Sin tetas no hay paraíso, El don de Alba, Maneras de sobrevivir entre otros.
Su primera novela Monteperdido, un thriller psicológico, emotivo con mucho ritmo cinematográfico y lleno de sorpresas, nos lleva a un pueblo de los Pirineos, donde dos amigas Ana y Lucía de once años salen del colegio y nadie más vuelve a verlas.





1. Monteperdido, tu primer trabajo y, esperamos, no el último, viendo la calidad que impregna cada página. ¿Cómo surgió esta idea? ¿Qué influenias confluyeron para darle forma?

La verdad es que Monteperdido, en su origen, no estaba destinado a ser una novela. Trabajando para Magnolia TV, una productora de televisión, empecé a desarrollar un proyecto de 8 capítulos para una serie. Ese proyecto era Monteperdido y nacía de una imagen que hay al inicio de la novela: dos niñas son secuestradas en un pequeño pueblo y, años después localizan con vida a una de ellas. La escena en la que los policías llegan a la casa de los padres de ambas niñas, que viven pared con pared, y entran en una de ellas para contarles que han encontrado a su hija. Esa situación me generaba muchas preguntas, a las que pretendía ir dando respuesta con la historia ¿qué ha pasado con la otra niña? ¿Cómo encaja la familia que no ha tenido la suerte de recuperar a la suya la situación? ¿Cómo se adapta la niña que regresa a la vida normal después de tanto tiempo fuera de ella? Con ese planteamiento fui desarrollando el argumento de la historia. Y, en ese momento, también me di cuenta de que el ambiente en el que se desarrolla, el paisaje, iba a tener mucho peso.
Como los proyectos de televisión son muy técnicos y es difícil transmitir este valor, decidí escribir el planteamiento de Monteperdido en prosa. La idea era que esto llegara a las cadenas pero, por el camino, cayó en manos de Plaza & Janés. Tanto a David Trías como a Alberto Marcos, mi editor, les gustó mucho y, desde ese momento, el proyecto de televisión se aparcó y me centré en desarrollar la historia en formato de novela. Y creo que la decisión fue buena para Monteperdido. Lo que quería contar era más fácil hacerlo en literatura. Evidentemente, y más teniendo en cuenta cómo nace la novela, en su génesis hay muchas influencias de cine y televisión, sobre todo de Fargo o Twin Peaks.
Otra cosa ya es el estilo de mi escritura que, supongo, bebe más de otro tipo de lecturas que no tienen tanto que ver con el género por el que transita Monteperdido..


2. Nos sumerges en una trama con un hala de misterio tras el secuestro de dos niñas. ¿Qué tienen estas historias que atraen tanto al lector?

Supongo que ese miedo que podemos sentir ante historias o noticias que tratan este tema es la cercanía con las que uno las vive. El "monstruo" no es un ser ficticio, no es un Frankenstein ni un criminar estilizado, es alguién aparentemente normal, alguien que puede estar cerca de ti. Y que ese "monstruo" haga daño a las personas más indefensas, que son los niños, por un lado, da miedo, y por otro, todos sabemos que es posible.


3. La historia no está ambientada en un pueblo y en unos hechos reales, ¿cómo te has documentado para esta novela?

En cuanto a la localización de la historia, aunque el pueblo y el entorno estén "reconstruídos", parten de un referente real, que es Benasque. Conozco la zona y también me documenté a la hora de escribir la novela, pero no quería hacer un retrato exacto de la realidad: como decía, el entorno es un personaje más de Monteperdido y, de alguna forma, está diseñado a medida.
Como dices, la trama que se cuenta no tiene ningún referente real, aunque sí me documenté investigando algunos casos reales. No tanto para usarlos como referencia de la trama, como para elaorar los perfiles psicológicos de los personajes que aparecen en la novela.


4. Sara y Victor, entre todo el elenco, se posicionan como los protagonistas que tendrán que lidiar con el secuestro. Ella es Policía Nacional y él Guardia Civil. Desde el principio vemos que la mutua compañía no es agradable. ¿Por qué esa animadversión? ¿Lo quisite plasmar como algo personal entre ellos dos o hacer referencia a la cooperación en general entre fuerzas y cuerpos de seguridad?

A lo largo de toda la novela, hay una confrontación entre el exterior y el interior del pueblo donde suceden los hechos. Monteperdido es un pueblo aislado, cerrado. Y los policías que llegan, tanto Sara como Santiago, representan a ese mundo exterior que viene a resolver un problema. Algo que los habitantes del pueblo preferirían hacer por sí mismos, no quieren que nadie saque a la luz sus miserias. Victor es, en cierta forma, el representante de esa posición del pueblo, sobre todo al inicio de la novela. La barrera que Sara tiene que sortear para llegar al fondo del asusnto. Además, que cada uno perteneciera a un cuerpo del estado, con sus dificultades de colaboración, acentúa ese choque.


5 Has trabajado en varias series de televisión de renombre en nuestra parrilla televisiva. Habiendo tocado ambos campos, ¿te gustaría trasladar tu novela? ¿Lo verías como una película o serie de televisión? Sobra decir que, mientras escribías tu obra, pondrías cara a tus personajes. ¿Quién tienes en mente para Sara y Victor? ¿Y para los demás?

Como te decía, Monteperdido ya tiene un hermano gemelo como proyecto de miniseria. Ya veremos si, con el tiempo, acaba además, convirtiéndose en una realidad. Claro que me gustaría verla convertida en serie de televisión, aunque, con la experiencia que tengo, se de las limitaciones con las que se produce en este país y no se si esta historia al final, tendría mejor acomodo en el cine.
En cuanto a los actores, la verdad es que nunca imagino mientras escribo quién podría hacer ese personaje (creo que es una medida de protección de mi oficio de guionista porque casi nunca la realidad termina encajando con nuestras aspiraciones, y así no me llevo chascos). Sí que les pongo cara a la hora de crealos, pero ésta a veces es la de conocidos, gente de la calle o, quizás, un personaje de alguna película que, en realidad, no relaciono con el actor.


6 Vivimos en la era de la información. Estamos a un "click" de transmitir cualquier cosa a cualquier persona. ¿Cómo ha repercutido eso a la hora de promocionar tu libro? No podemos evitar que, con tanta red social, muchas personas destripen finales o no muestren el debido respeto a la hora de emitir una opinion. ¿Has tenido algún percance de ese estilo a la hora de hablar de  "Monteperdido" por la red?

La verdad es que la gente se ha portado y nadie ha destripado la novela en las redes, ¡al menos que yo sepa! Creo que, en general, las redes han sido de gran ayuda para Monteperdido; era mi primera novela, nadie me conocía, y que empezaran a salir críticas favorables en blogs hizo que, poco a poco, la novela fuera más conocida. Es verdad que uno se da cuenta de que, hoy en día, está completamente expuestos a los lectores. Apenas si hay filtros: la gente lee tu novela y puede recomendarla o puede despotricar contra ella con total libertad y que esos comentarios lleguen, a su vez, a mucha más gente. Es cieto que yo, al tratar un tema sensible, sí que tenía cieto miedo a esos comentarios, pero sólo puedo agradecer a los lectores su reacción. Prácticamente la totalidad de los que me han llegado eran muy positivos y, saber de primera mano, que tu historia le ha gustado a alquien es un verdadero lujo. 


7. ¿Tienes en mente otro proyecto literario? ¿No te gustaría ambientarlo en la tierra que te vio nacer?

Ahora mismo estoy escribiendo una nueva novela que, si todo va bien, saldrá a la venta en 2017. Y, auqnue no esté ambientado donde nací, si que se acerca mucho más.


8. Has tocado el thriller de forma sobresaliente con "Monteperdido", generando un suspense que a nadie dejará indiferente. ¿Qué otro género te gustaría abordar? ¿Hay alguno que pienses que te puede resultar más complicado que otro?

De momento, seguiré en este género. El thriller es por donde más cómodo me muevo y, también, un esquema narrativo que me permite abordar los temas y conflictos que más me interesan. Es cierto que, como lector, suelo elegir otros: desde la ciencia ficción al drama, quizás no tenga uno preferido y sea más una cuestión de afinidades con determinados escritores. En cuanto al más complicado diría sin dudarlo que la comedia. Hacer reír es muy difícil y hacer reír a mucha gente, aún más. El sentido del humor es algo tan personal que lograr contagiar el tuyo es algo al alcance de pocos.


9. ¿Dónde se encuentra más cómodo, realizando guiones para los demás o creando una historia propia?

Me siento cómodo en los dos lugares. En realidad, pienso que los problemas llegan cuando no sabes exactamente dónde estás. Es decir: crees que estás haciendo tu propia historia cuando en realidad escribes por encargo para otros. En cuanto a formato, me gusta tanto el guión como la novela, que he disfrutado mucho haciéndola. Depende más de en qué formato encaje mejor la historia que quieres contar.


10. Al formar parte de la literatura y el cine, nombra escritores y guionistas que sean un referente para ti. Aquellos cuyas historias que crean consiguen siempre dejarte boquiabierto.


En literatura, ahora mismo, disfruto mucho con las novelas de John Banville (que me parece que juega en otra liga), tanto como en su momento disfruté las de Bioy Casares, Boris Vian o Philip K. Dick. Pero también me gustan Bolaño o Cormac McCarthy.
Y, en cuanto a guionistas, tengo especial inclinación por David Lynch y los hermanos Coen (que, además de excelentes directores me parece que escriben guiones increíbles). En televisión, creo que el hombre que revolucionó la forma de contar historias en serie es David Chase, aunque detrás de él han llegado otros también muy buenos.

viernes, 8 de enero de 2016

RELATO DE TONY JIMÉNEZ






  


LOS HOMBRES QUE ENGAÑARON AL DIABLO


                                                                          
                                                                            1

Ángel intentó entrar con sumo cuidado en su hogar. Eran altas horas de la noche, y no quería despertar ni a su mujer ni a su hija. Demasiado estaban pasando ya como para privarles del poco descanso que tenían.
            Sin embargo, en cuanto cerró la puerta, pudo oír un ligero movimiento en el salón. Un tenue bostezo le indicó que Isabel se había quedado esperándole, soportando las incomodidades del barato sofá que poseían.
            —¿Cariño? —La mujer se levantó; los músculos de su cuerpo se quejaron al estirarse–. Es muy tarde.
            Isabel encendió la luz del salón. El rostro cansado y derrotado de su marido apareció ante sus ojos, que ocupaban una cara que no tenía mejor pinta.
            —¿Has podido vender el coche? —preguntó la mujer.
            —Sí, pero por menos de lo que esperaba. —Ángel agachó la cabeza, como un perro avergonzado—. Por mucho menos. Tenemos para lo necesario este mes; nada más.
            Isabel se sentó a su lado, y le abrazó. Ángel se sintió reconfortado al sentir la calidez de su esposa. A pesar de ello, no podía dejar de pensar que le había fallado.
            —No sé qué vamos a hacer el mes que viene —sentenció el hombre.
            —Todo va a salir bien. —A Isabel le dolió más saber que su marido ya no creía en esa mentira, más que haberla pronunciado.
            Ambos se recostaron en el sofá, abrazados. El estomago de Ángel rugió, pues ya presentía que iba a ser otra noche que se acostaba sin tener comida en su interior.
            Comenzaron a estar tan cómodos que la perspectiva de quedarse dormidos se les antojo apetecible. Justo cuando el sueño empezaba a tocarles, el suave sonido de unos delgados pies les alertó.
            —¿Mami? ¿Papi?
            Ángel alzó la cabeza. La pequeña Marta, con su pijama de estrellitas, le miraba.
            —¡Hola, pequeña! —Ángel golpeó el sofá; la niña entendió el gesto y se sentó a su lado.
            —¿Qué hacéis tan tarde despiertos? –preguntó la cría.
            —Tu madre se ha quedado viendo los dibujos, y la he pillado. —Ángel trató de sonreír; se había vuelto un experto en la realización de muecas parecidas a sonrisas.
            —¿Y la vas a castigar, Papi?
            —No, porque ha sido muy buena. Las dos lo habéis sido. ¿Has cenado bien?
            —Muy bien, papi. Me lo he comido todo.
            —¡Así me gusta!
            —Papi, ¿cuándo va a estar todo como antes?
            Ángel sintió que su corazón se rompía. Isabel se levantó en dirección al cuarto baño; no aguantaba que Marta la viese llorar.
            —Muy pronto, cariño. Te prometo que todo volverá a ser como antes.
            La niña sonrió. No tenía razones para no creer a su padre.


                                                                       2

La desesperación llevó a Ángel hasta la iglesia más cercana a su casa dos meses después de haber gastado el dinero ganado con la venta de su coche. Jamás había entrado en una en toda su vida, pero no perdía nada por probar lo que muchos predicaban, como si fuese la solución a todos los problemas: rezar.
            La angustia le hizo ponerse de rodillas entre los últimos bancos. La desesperanza le unió las manos, y le obligó a inclinar la cabeza hasta dar con el respaldo del banco que tenía frente a él.
            —Señor, yo...
            La oración murió en los labios de Ángel. No sabía qué decir y, en parte, se sentía algo ridículo. ¿Qué podía manifestar? ¿Que se duchaban en casa de los vecinos? ¿Que buscaban comida en los cubos de basura de los supermercados? ¿Que estaban a un paso de pedir limosna en la calle?
            Intentó no pensar en su hija, pero hizo todo lo contrario. Estaba arrodillado en una iglesia por su hija, ni más, ni menos. Haría cualquier cosa por ella. Por su mujer también, pero Isabel era fuerte, y aguantaría tanto como él. Marta, en cambio, no.
            Ángel se levantó. Al final, no había podido rezar, y su mente amenazaba con apagarse durante unas horas; la quietud del lugar propiciaba que alguien con tanto sueño como él buscase un sitio donde reposar.
            Salió de la iglesia tan vapuleado como había entrado. No se trataba de creer o no creer, sino que las circunstancias le habían superado tanto que ya no encontraba consuelo alguno en ninguna parte.
            Se quedó parado antes de bajar unos escalones de piedra. Respiró hondo, gozando de la frialdad de la noche.
            —¿Estás bien?
            Ángel bajó levemente la mirada. Un hombre con una sucia barba negra, con un cartón de vino barato en una de sus mugrientas manos, y envuelto en ropa gastada, le observaba con misterioso interés.
            —Un poco mejor —respondió Ángel, de manera automática.
            —Estás a mil putos kilómetros de encontrarte bien. —El indigente alzó el vino de saldo.
            —No, gracias, pero... —Tomó el cartón y pegó un buen sorbo; sus tripas se lo agradecieron.
            —Así se hace, chico. Un cartón de estos cada hora, y se acaban todos los problemas. —Para demostrarlo, el mendigo se llevó el vino a los labios; la mayoría del brebaje cayó sobre su barba—. Ahí dentro nadie puede ayudarte.
            —No he pedido ayuda.
            —Mejor. —El vagabundo escrutó los ojos de Ángel—. Creo que yo sí puedo ayudarte.
            —¿Tiene un cheque en blanco por ahí?
            —Baja ese tono conmigo. Te ofrezco mi ayuda. ¿Me vas a escuchar?
            Ángel alzó los hombros. Le daba prácticamente igual.
            —Así me gusta. —Otro sorbo de vino bajó por la garganta del mendigo—. No sé qué te pasa, pero reconozco esa expresión en tu cara. Es la misma que tenía yo hace diez años. Hasta que hice un trato con el diablo.
            El cerebro de Ángel quiso poner sus pies en movimiento; el resto del cuerpo se resistió.
            —¿Sabes qué día es mañana? Mañana es día de difuntos —al indigente parecía que le habían dado cuerda—. Es el día en el que se puede llamar al Diablo.
            —¿A un demonio?
            —¡Al Diablo en persona! —Varias personas que salían de la iglesia miraron con enfado el vagabundo—. Se pasea todos los años en ese día. ¡Y ese día cualquiera puede llamarlo! Puedes hacer un trato con él si le haces gracia.
            —Está usted loco.
            —Todos los que están ahí dentro piden deseos a un hombre mágico que vive en el cielo. ¡Dime quién está más loco! —gruñó el mendigo, indignado.
            —¿Hizo un trato con el diablo y acabó así?
            —Le pedí riquezas, mujeres, y poder. Él me dijo que me lo daría todo, pero que, cuando fuese desdichado, moriría. —El viejo inspeccionó el cartón de vino—. La vida que llevaba no me llenaba y acabé así. Irónico, ¿verdad?
            Ángel movió la cabeza negativamente. Debía estar loco para escuchar a un hombre que apestaba a alcohol a kilómetros y que apenas podía hablar sin arrastrar todas y cada una de las palabras que salían de su boca.
            —Debes ir a un cruce de caminos. ¡Tienes que hacerlo en un lugar apartado! ¡Lejos de aquí! Entierras, alrededor de la medianoche, una foto tuya, manchada con tu propia sangre.
            —Y aparece el Diablo. —Ángel suspiró—. Está usted borracho.
            Comenzó a bajar los escalones de piedra. El mendigo le miró de los pies a la cabeza, entre confuso e irritado.
            —¿Qué tienes que perder? —preguntó el indigente, su última bala en la recamara.
            No se giró. Las repentinas carcajadas del vagabundo se le pegaron a la espalda, como una oda a su fracaso.


                                                                       3

Las manos se clavaron en la tierra dura y fría. Ángel notó el dolor en sus dedos, pero lo ignoró. Siguió con su trabajo hasta hacer un buen agujero, lo suficientemente grande como para no ver lo que iba a enterrar, una vez lo hubiera hecho.
            Sacó de uno de los bolsillos de su pantalón una fotografía. Sus dedos llenos de tierra y pequeños arañazos tocaron su propio rostro, inmortalizado en el retrato. Aprovechó un leve hilo de sangre que recorría uno de sus dedos, provocado por la dureza del suelo, para manchar la foto.
            Luego, puso en el agujero que había hecho, le echó tierra encima, y esperó.
            —¿Qué estás haciendo aquí, hijo?
            Ángel sintió que el corazón intentó salírsele del pecho. Al girarse, pudo observar a una anciana, cuya expresión afable se acomodaba tras unas redondas gafas de gruesos cristales.
            —Señora, me ha dado buen susto.
            —Algo apropiado en estos días.
            Ángel dejó escapar una carcajada ante la broma. La mujer no le acompañó.
            —¿Se puede saber qué haces a estas horas, hoy precisamente y aquí solo? –volvió a preguntar la anciana.
            —¡Ah! Yo... —Ángel no supo qué responder sin parecer un loco—. Paseaba.
            —¿No es muy tarde para pasear? Y está muy alejado de cualquier casa. ¿Dónde vives, hijo?
            —Vengo de la ciudad. Me viene bien pasear por aquí. —Ángel tuvo en cuenta sus palabras; hizo memoria para recordar si había visto alguna casa por los alrededores; cualquier sitio cercando donde pudiese vivir la mujer.
            —Es muy raro que estés aquí para pasear. ¡Y a estas horas! —insistió la señora—. Hoy es el día de difuntos, hijo. Los espíritus, y cosas peores campan por donde quieren en esta noche.
 La anciana se rió, mostrando su boca llena de dientes. Ángel observó que los tenía asquerosos; algunos rotos, y otros parecían empujar de mala forma a sus compañeros.
—Lo sé, pero tenía que despejarme.
—¿Salir de ese basurero al que llamas casa? Aprovecha, porque quedan pocos días para que te quedes sin ella.
Ángel se quedó paralizado. La vieja le miró, de modo cariñoso, pero ya no podía esconder su autentica naturaleza.
—¿No es la verdad? —rió la vieja—. ¿Dónde caerá muerta esa niña que tienes?
La boca de Ángel se secó. Supo ver en los ojos de la mujer que era algo antiguo, malvado, y dañino. Había descubierto el disfraz de la anciana, pero sólo porque ella había querido.
—¿Quién...?
—Vamos. Podemos evitarnos el siguiente discurso lleno de tópicos, Ángel. —La vieja avanzó hacia él—. Ya sabes quién soy. Me has llamado porque vas a perder tu casa. Me has llamado porque le pones a tu hija comida de la basura. Me has llamado porque tu mujer ha pensado en suicidarse para cobrar el seguro. Me has llamado porque una asistente social se va a llevar a Marta.
Una oleada de miedo lanzó a Ángel contra las piedras del horror, desgarrándole la piel, acariciando sus huesos, y quedándose en su interior. Lo que tenía frente a él debía ser su imaginación, o la locura que tomaba los mandos de su mente; simplemente, no podía ser real. No podía existir.
—¿Crees que todos hacemos ascos a las llamadas? —La anciana unió las manos, en forma de plegaria—. Él está muy ocupado, pero yo acudo siempre. En especial, estas noches, y cuando alguien sigue este ritual. ¡Hacía años que nadie me llamaba en un cruce de caminos!
El hombre intentó recomponerse. Un temblor nervioso le recorría el cuerpo mientras trataba de aguantar la mirada a la criatura.
—Si eres de verdad el Diablo, quiero hacer un trato.
—¡Y lo has dicho sin tartamudear! —más carcajadas horribles de la vieja—. ¡Estoy orgullosa de ti! ¿Sabes? La noche de difuntos me trae buenos recuerdos; muchos tratos y más historias que se han ido diluyendo con el paso del tiempo. A vosotros os encanta ir transformando las leyendas en algo... diferente.
Ángel tragó saliva. Había creído que el asunto sería más directo.
—Seguramente piensas que para qué te cuento todo esto. Verás, te veo dudoso, y me siento magnánima, así que, voy a darte una oportunidad antes de que podamos hacer cualquier trato... Más bien, quiero avisarte de lo que puede pasar si —la anciana esbozó una monstruosa sonrisa— te arrepientes e intentas engañarme.
—N-No se me ocurriría —tembló Ángel.
—No eres el primero que lo dice, ni el primero que lo intenta. Muchas leyendas de este día tienen que ver con gente como tú; desesperados y atormentados con ansias de saciar sus deseos, apetencias y necesidades. Yo les ofrezco lo que quieren y luego intentan escabullirse.
—No soy de esos; lo juro.
—Es curioso como muchas de mis visitas han acabado implicadas en las fiestas que hacéis estos días. —La anciana unió las manos, entrelazando los dedos arrugados—. Una vez conocí a alguien como tú. No me llamó, pero estaba lleno de dudas cuando le ofrecí lo que más anhelaba. ¿Conoces el juego de coger de un barreño, manzanas con la boca ?
Ángel asintió.
—Pero no sabes su historia; el relato empieza con un muchacho indeciso, timorato. Ah, el bueno de Sam me trae gratos recuerdos...

                                              
                                                           4

El pueblo en el que vivía Sam había sido levantado por trabajadores; del primer al último habitante, la dedicación al oficio que llevaban a cabo era su razón de ser. Trabajaban más de lo habitual; incluso mientras comían, algunos seguían inmersos en sus faenas. Quizás esa fuese la razón por la que Sam nunca terminó de encajar con sus vecinos.
A diferencia de los demás, Sam no movía un músculo por nada que no fuese conseguir una manzana y devorarla. Porque, a eso se dedicaban la mayoría de los residentes de aquella pequeña villa: a cultivar manzanas. Por ello, eran bien conocidos y, aunque vivían de manera humilde, nunca les faltaba el dinero.
Pero no era gracias a Sam. El muchacho sólo sabía comer manzanas; al horno, rebozadas, con piel, sin piel, troceadas, dulces...
Daba igual que Sam fuese el hijo del alcalde del pueblo. A Sam tampoco le importaban los comentarios de sus amigos, ni que las chicas no viesen en él más que a un zángano que nunca conseguiría ser un hombre de verdad.
Sam era feliz con sus siestas, con sus manzanas y con pasar alguna que otra tarde con sus amigos degustando, por supuesto, un buen vaso de zumo de manzana.
Todo comenzó en una de las tranquilas tardes que Sam pasaba en el porche de su casa con sus amigos. Solían quedarse en el hogar del perezoso muchacho cuando no le apetecía acudir a la taberna del pueblo. Era algo que acostumbraba a pasar a menudo.
—Creo que podríamos haber ido a la taberna de Mary —rezongó uno de los chicos.
—Podéis iros; yo estoy bien aquí —protestó Sam.
—Debes tener cuidado, Sam —advirtió otro de los chicos—. Mañana es día de difuntos.
—Como todos los años —respondió Sam, sin darle mayor importancia.
—Es la noche en la que viene el Diablo. ¡De lo perezoso que eres, seguro que se pasa por aquí y te coge sin problemas! —bromeó el mismo muchacho.
Los demás rieron la macabra ocurrencia antes de levantarse y dejar el porche. Sam observó su marcha, con los párpados a medio cerrar. En cuestión de minutos estaría dormido de nuevo, con la tripa llena de zumo de manzana y ninguna preocupación.
Todo fue como siempre hasta el día siguiente, cuando la noche tomó su lugar. Los habitantes de la villa se afanaban en festejar la noche de los difuntos, con diversos entretenimientos y actividades. Sam, sin poder resistir su naturaleza remolona, se quedó en casa, en su amado porche, disfrutando del frescor nocturno.
Tras comer un par de deliciosas manzanas con caramelo, comenzó a sentirse somnoliento. Justo cuando el sueño empezó a ganar una batalla nada épica, algo llamó su atención desde los escalones del porche: una manzana que se movía, al compás del viento.
Sam no le dio más importancia a la fruta hasta que ésta comenzó a rodar, impulsada por una mano invisible, hasta los prados que había más allá de su casa. El chico, sorprendido por el hecho, superó su pereza y siguió a la manzana.
El fruto llevó al muchacho hasta fuera del pueblo. A mitad de un pedregoso camino, se detuvo, a los pies de una desgarbada y alta figura oscura, de brazos canijos, y piernas aún más delgadas.
—Gracias por traérmela. —El personaje, al que apenas se le veía el rostro por la oscuridad, tomó la manzana y le dio un enorme mordisco—. Hola, Sam.
—¿Quién eres?
—Un amigo al que le gustan las manzanas tanto como a ti. He salido a pasear en esta noche, como hago siempre, y me he pasado a saludarte.
—No entiendo...
—Vengo a proponerte algo. —El supuesto hombre señaló hacia una colina cercana; en el verdor que la dominaba se hallaba un gran manzano, robusto, bello, y dueño de las manzanas más rojas que Sam hubiese visto nunca—. Ese árbol es muy antiguo, y necesito que alguien haga algo por mí.
El desconocido caminó colina arriba. Sam le siguió, con su boca salivando ante los sabrosos frutos que observaba.
—¿Ves ese pozo?
Sam asintió al ver un pequeño agujero en la tierra. Se acercó, intentando ver el fondo, pero la oscuridad fue lo único que se dejó inspeccionar.
—Necesito que alguien cuide este árbol todas las noches y que, antes de que salga el sol, eche tres manzanas al pozo. —La figura acarició el árbol—. Como recompensa, cada noche podrás coger una manzana y comértela.
—¿Sólo eso por trabajar toda la noche?
            —Veo que tu holgazanería no te deja ver más allá del bosque. —Una de las manos del misterioso personaje agarró uno de los frutos del manzano; luego, se lo dio a Sam—. Pruébala.
El chico lo hizo. Tan sólo tuvo que saborear un par de veces el trozo de manzana en su boca para entender que no había comido nada igual en su vida. Era como si alguien le hubiese abierto sentidos que ni siquiera existían.
—Cada día podrás comerte una. Entiéndelo bien: sólo una. Las otras tres que cojas serán para el pozo. Es un trato. No intentes engañarme; si no lo cumples me quedaré... con tu alma. ¿Qué me dices?
Sam asintió, inconsciente de lo que estaba haciendo, aún con trozos de manzana en los labios. Tomó la mano del desconocido y la apretó.
—Disfruta del trabajo —rezó el extraño.
Luego, en un simple parpadeo, desapareció. Sam, sorprendido ante lo ocurrido, se dirigió hasta su casa, aunque tentado de coger alguna manzana más.
A la mañana siguiente, por primera vez en su vida, Sam se levantó antes que su padre. Quería comprobar que lo de la noche anterior no había sido un sueño y que el árbol que debía cuidar existía de verdad.
Al llegar a la colina, vio el manzano, imponente. Sus frutos parecían llamarle pero, cuando fue a coger uno, recordó el pacto que había hecho con la extraña figura negra y alargada.
Por la noche, sin que nadie se enterase, regresó al árbol y, como había prometido, pasó la noche despierto, vigilándolo, intentando no mirar a las manzanas que pendían de él. Así, evitaría caer en la tentación de comer alguna.
Cuando los primeros rayos de luz aparecieron sobre la colina, tomó cuatro manzanas, arrojó tres de ellas al misterioso pozo, y se apropió de la que quedaba. La comió apenas sin saborearla, de camino a casa, con una sonrisa de oreja a oreja.
Sam cumplió con su trabajo durante casi un año. Su carácter holgazán para con el pueblo no había cambiado, pero nadie se había percatado de que, cada noche, llevaba a cabo una tarea que ya se le empezaba a hacer pesada.
Un día, cansado de su mísera recompensa por estar toda la noche despierto, decidió quedarse con una manzana más. ¿Por qué no? Se lo tenía merecido y no pensaba que fuese a ser verdad lo de su alma.
Cuando tuvo que coger las cuatro manzanas, tomó una piedra del mismo tamaño. Arrojó entonces dos de las frutas al pozo y, junto a ellas, el canto; él se quedó con las dos manzanas restantes.
Esperó varios minutos a que pasase algo. Al ver que nada ocurría, sonrió, satisfecho por su picardía, y volvió a su hogar, devorando las dos manzanas con avidez.
A la noche siguiente, continuó con su cometido. Todo iba con normalidad, hasta que llegó el momento de lanzar las manzanas al pozo y llevarse su recompensa. Como había hecho el día anterior, cogió una piedra, y realizó el mismo engaño.
Justo cuando se alejaba, con sus dos nuevas frutas, oyó un susurro que salía directamente del pozo. Asustado, aunque curioso, se acercó al agujero, y prestó atención al suave sonido.
—Quiero mis manzanas.
Horrorizado, Sam fue a retirarse. De improviso, algo salió del pozo a una velocidad pasmosa, le mordió la cara, y le arrastró hasta las profundidades, en absoluto silencio.
Pasaron los días, las semanas, los meses y los años, pero nadie volvió a saber de Sam. Hubo quien descubrió el árbol y el pozo y, al ver las manzanas,  pensó que el chico se había caído en el hoyo de alguna forma estúpida.


                                                           5

La anciana ya no estaba. En su lugar, un niño pelirrojo y con la faz llena de pecas, sonreía a un consternado Ángel.
—Él no te llamó —protestó el hombre.
—Pero hizo un trato conmigo, aunque no entendió del todo las condiciones —replicó el crío—. Pensó poder engañarme. Aunque, Sam el holgazán era un inconsciente que apenas sabía qué hacer con su vida. ¿Eres tú así? ¿Otro insensato que no sabe de qué va esto?
Ángel no respondió. El fulgor maléfico en los ojos del niño ahogo sus palabras.
—¿O quizás eres de otro modo? Puede que, en tu interior, se esconda algo más puro, más mundano. ¿Simple codicia? Sería una sorpresa ver que me has llamado para tu propio lucro personal. ¡Saborearía ver a tu solitaria familia mientras te enriqueces!
—Yo no soy así.
—El ser humano me ha sorprendido tantas veces, que podría ponerlo en duda. —Un pensamiento pareció sobrevolar la mente del infante—. ¿Sabes? Hubo otro hombre con el que traté una noche como hoy. Era malo, sí, pero aún más tramposo; tanto lo era que decidí visitarle para comprobar tamaño logro. ¿Conoces la historia que hay tras las calabazas que los niños preparan para usar de linternas?
Ángel negó con la cabeza.
—Oh, yo te contaré la historia de mi buen amigo Jack.


                                                           6

Existió una vez un hombre tan astuto y habilidoso que su fama no se quedó sólo en el pueblo en el que vivía, sino que traspasó las fronteras de la humilde villa y aterrizó en las localidades vecinas. Jack era el nombre del afortunado que poseía el don de ganar a las cartas a cualquiera que se cruzase en su camino.
Muchos fueron los que cayeron ante sus hábiles estratagemas. Apuesta tras apuesta se enriqueció de tal manera que hubiese podido comprar su pueblo, aunque todo se lo acababa gastando en bebida.
Sin embargo, Jack no era invencible. Cuando no lograba ganar gracias a su destreza, empleaba las más inteligentes trampas. Nadie sabía que las hacía, por lo que su fama fue creciendo y creciendo, al igual que los litros de cerveza que consumía cada noche, después de cada partida.
Ya fuese el destino, o la simple suerte, la misma noche de difuntos, Jack se encontraba bebiendo, cercana la medianoche, en la taberna que solía concurrir, acompañado por algunos de los habituales. La bebida ya le había alcanzado la cabeza, y apenas si sabía lo que sus labios articulaban.
—Deberías irte a casa ya, Jack —le invitó el dueño del local.
El jugador de cartas le miró con aires de superioridad, y soltó una carcajada despectiva. Era algo habitual en él.
—Nadie me dice lo que debo hacer. ¡Soy Jack! ¡El mejor jugador de todos! ¿Cuántas veces te he llenado este tugurio gracias a mi grandeza?
El tabernero movió la cabeza de un lado a otro, sin hacerle demasiado caso.
—¡Nadie puede desafiarme! Y quien lo haga... —Jack tomó un trago de su cerveza—. ¡Me pagará el bebercio!
—¿Podrías ganar a cualquiera? –preguntó uno de los asiduos.
—¡Podría ganar a las cartas al mismo Diablo! ¡Así lo señalo!
Una vez hubo acabado de beber, salió del establecimiento, dispuesto a llegar a su casa y dormir la borrachera que se había ganado.
Por el solitario camino de tierra que conducía a su hogar, se cruzó con un extraño hombre. Era muy alto, delgado como una espiga, y caminaba dando grandes zancadas. Iba vestido todo de negro y se cubría el rostro con una capucha.
Jack sintió un repentino estremecimiento que amenazó con alejar los efectos del alcohol y empujar sus piernas para que fuesen más rápidamente. Para su sorpresa e inquietud, al volver la vista hacia atrás, pudo contemplar cómo el raro personaje empezaba a seguirle.
En pocos minutos, Jack llegó a su casa, atrancó la puerta, y se metió en la cama. Sin embargo, no pudo pegar ojo, pues sentía que el hombre le había seguido y le observaba desde el exterior de su hogar.
Efectivamente, cuando dejó la cama, y observó por la ventana, pudo ver al singular caminante. Se encontraba de pie, frente a la vivienda, sin hacer un solo movimiento, aunque estaba claro que le había visto.
Jack, a pesar del miedo, intentó no darle importancia. Se acostó de nuevo, pero seguía sin poder dormir, así que, volvió a levantarse y a mirar por la ventana: el desconocido seguía en el mismo lugar.
La curiosidad venció al terror. Salió al exterior y se encaró con la figura.
—¿Quién eres y qué haces aquí? ¿Por qué me acosas?
—Esta noche me has llamado, Jack —dijo el extraño haciendo una reverencia—. Soy el Diablo. He venido a jugar a las cartas contigo.
—¿Por qué iba el Diablo a salir del Infierno para jugar a las cartas conmigo?
—No seas arrogante, Jack. Suelo pasear en la noche de difuntos por la tierra de los hombres, y te escuché. ¿Eres lo bastante bueno a las cartas como para jugar conmigo?
—¿Qué ocurrirá si gano?
—Si ganas, te concederé cualquier cosa. Si pierdes, me quedaré con tu alma. —El Diablo estiró una mano, invitando a Jack a estrecharla.
La idea de negar el ofrecimiento macabro cruzó la mente de Jack. Sólo duró un instante y no consiguió nada.
—De acuerdo —dijo Jack estrechando la mano—. Espera aquí. Tengo que arreglar mi casa y ponerme algo adecuado para vestir.
El Diablo asintió. En realidad, Jack pensaba asegurarse la victoria colocando trampas en las cartas con las que iban a jugar y en la mesa que usarían para la partida.
Una vez hubo acabado de preparar sus engaños, invitó al Diablo a entrar. Ambos se sentaron alrededor de la mesa del salón, dispuestos a jugar por el suculento premio que les esperaba. Jack sonrió por dentro al comprobar que su rival no sospechó nada.
Conforme fue avanzando el juego, la confianza de Jack fue decreciendo. Veía, atónito, como su terrorífico invitado le ganaba mano tras mano.
Entonces, Jack comenzó a recurrir a las trampas y las tornas se cambiaron. El estafador veía cada vez más cerca su premio. Intentaba disimular su alegría, una tarea que, poco a poco, se volvía imposible.
Se encontraban en la última partida cuando el Diablo dejó sus cartas encima de la mesa, enseñando cuáles eran. Jack, sorprendido ante el hecho, pensó que se había rendido a la evidencia: él era el mejor.
—Se acabó la partida, Jack —declaró.
—Entonces he ganado.
—Has hecho trampas. —El Diablo mostró las pequeñas marcas que había en las cartas; una de tantas triquiñuelas por parte de Jack—. ¿Creíste que no me enteraría? Soy el Príncipe de las Mentiras, Jack.
Antes de que pudiese huir el tramposo, el Diablo saltó sobre él. Sin dilación, le arrancó la cabeza, la cual colocó encima de las cartas, sobre la mesa.
—¿Y ahora qué puedo hacer contigo? —se burló el ser.


                                                           7

—¿Entiendes la historia, Ángel? —preguntó el hombre elegantemente trajeado que había sustituido al niño pecoso.
—¿No se puede engañar al Diablo?
—Claro que se me puede engañar, pero no te aconsejo intentarlo; podrías acabar como el bueno de Jack. La moraleja es que ser tan arrogante como para pensar en hacer que caiga en una trampa, es igual de malo que ser un vago insensato.
Una suave brisa se cruzó entre los dos. Un ligero silencio se levantó.
—Pero tú no eres nada de eso, no —afirmó el hombre—. Eres un buen hombre que haría cualquier cosa por su familia. ¿Me equivoco?
—Eso soy.
—No eres la primera persona honesta que acude a mí. Sinceramente, espero que no seas la última. —El hombre miró el cielo; después, se acercó a Ángel—. Dime, después de lo que has escuchado, ¿quieres hacer un pacto conmigo?
Ángel escrutó la mano que le tendía. Pensó en estrechársela de golpe y acabar con aquello en cuestión de segundos. Lo importante era su familia, no él. Lo importante era lograr un acuerdo justo.
No sabía qué hacer, en realidad.
—¿Tenemos un trato? –preguntó de nuevo el hombre.
Ángel tragó saliva.


                                                           8

—Cariño, yo lo veo una tontería.
El chico arrastró a la joven hasta el interior de la panadería que estaba a punto de cerrar. Los únicos que quedaban en la cola eran  un hombre gordo y una mujer de mediana edad.
—No podemos celebrar la noche de difuntos sin ellas, y menos si no las has probado —juró el muchacho.
—Es que siempre he creído que ese tipo de tradiciones son una estupidez. Todo el rollo de las calabazas, las manzanas, los dulces...
—¡Pero están muy ricas!
—¿Qué os pongo? —preguntó la panadera en cuanto les llegó el turno.
—¡Un cuarto de Alas de Ángel! —pidió el chico.
—Buena elección, hijo —comentó una anciana que estaba tras ellos; no la habían visto llegar—. No es ninguna tontería, hija.
La vieja observó los dulces con forma de alas, y sonrió de manera siniestra.
—Están deliciosas y tienen una historia detrás. Como todo en un día como esté. ¿Te la sabes?
La chica negó con la cabeza.
—Será un placer contártela. 

lunes, 4 de enero de 2016

EL ÚLTIMO ADIÓS



Admito que no era mi intención adquirir este libro cuando encaminé mis pasos a “La Casa del Libro”. Tenía en mente otros y este no entraba ni en la categoría de “posible”. De hecho, el motivo por el que me fijé en él fue que estaba en la sección de “Novedades” y yo tampoco estaba por la labor de patearme toda la tienda a pesar de que cualquier otro día hubiera estado encantado. Sin embargo, ese día estaba cansado. Las compras de Reyes me habían hastiado.
Todos esos factores confluyeron para que este libro acabase en mi poder. Cuando leí la sinopsis tuve un nuevo aliciente para gastarme con gusto mi dinero en esta obra.
Ahora, no podría estar más orgulloso de mi decisión, al sumergirme en las páginas creadas por Kate Morton. Decir que es una lectura fácil sería quedarse corto, y todo ello gracias a una escritura fluida y rica en detalles, lo que provoca que cierres el libro e, instantes después, vuelvas a retomar la lectura donde la dejaste, ansiando avanzar en la historia de la mano de los diferentes personajes que tan bien construidos están.


Una trama adictiva que nos traslada de época en época. De 1911 a 2003, pasando por los años posteriores a la Primera Guerra Mundial. La desaparición del hijo menor de la familia Edevane en la monumental mansión de estos es el motor con el que arranca esta historia. Un misterio que, como una piedra en la superficie de un estanque, creará ondas hasta los años actuales, haciendo que la inspectora Sadie Sparrow, en retiro forzoso de su trabajo, ahonde en las causas que llevaron a un niño pequeño el desaparecer delante de todo el mundo sin ningún tipo de pista.
Una madeja enmarañada que el lector irá deshilachando junto a los personajes, siempre con la sensación de que nadie es quién dice ser.



viernes, 11 de diciembre de 2015

ENTREVISTA A ALEJANDRO CASTROGUER

La nieve cae a mí alrededor sin piedad, obligándome a avanzar con la cabeza gacha para evitar que mis ojos se llenen de copos y entorpezcan mi visión. Con el gorro calado hasta las orejas y la bufanda enrollada en mi cuello cual serpiente pitón, ando torpemente sobre la extensa capa de nieve que recubre todo el paisaje. Noto cómo mis pies se hunden a cada paso que doy, sintiendo los calcetines mojados. El castañeteo de mis dientes parece una tonalidad musical.
            —No había otro sitio para hacerla, joder —murmuro para mí, encarando una pendiente donde, supuestamente, encontraré mí destino.
            Recuerdo las risas del dependiente de aquella tienda cuando le pregunté acerca de la cabaña donde estaba citado. Primero me miró con cara de burla, escrutándome detenidamente por si le estaba gastando una broma. Cuando se dio cuenta de que iba en serio, su rostro mutó en un gesto de condescendencia.
            —Es una locura ir allí con este tiempo. Está en el culo del mundo —el dependiente se hurgó con el dedo entre los dientes.
             —Voy en busca de Alejandro Castroguer, escritor que acaba hace unos días de recibir un premio de literatura. El premio Jaén 2015 por su última novela Glenn. ¿Le suena?
            — ¡Y a quién no! Me tuvo enganchado durante semanas a dos de sus novelas La Guerra de la doble muerte y El último refugio GDMII  Me dejó el cuerpo temblando. ¿Va a estar con él?

            —Sí, trabajo en una revista y tengo la fortuna de entrevistarlo. Yo me leí El Manantial. Si no lo has leído no lo dudes. Es una novela brillante con mucha fuerza y narrada tan visceralmente que no te dejará indiferente.
            —Lo tengo en mente desde hace tiempo, pero aquí no sobra el tiempo libre solo tienes que ver como tengo la tienda. Pero sin duda tengo que buscar un ratito, creo que es uno de los escritores españoles más cultivados de hoy en día. Me flipa su prosa, tan elegante y tan diferente. Esa forma que tiene de mezclar recursos literarios y de entrelazar la cultura del cine, de la música o de la literatura en sus obras es fantástica.
            Si por ambos fuera, nos hubiéramos quedado hablando sin parar sobre aquel prolífico autor, pero me recordé que mi destino era, precisamente, encontrarme con él. De modo educado, me despedí de aquel tipo y continué mi marcha por el inhóspito paisaje.
            Trepando los últimos metros, jadeando, compruebo con alegría la cabaña de madera a lo lejos, rodeada de enormes árboles de copas níveas, de las que se desprenden montoncitos de nieve con cada ráfaga de viento.
            Me acerco con prisas, deseando ser acogido por el calor de la chimenea, sorbiendo una humeante taza de café junto a él, mientras responde a las preguntas que con tanto esmero han sido elaboradas.
            Llamo a la puerta e, instantes después, Alejandro está al otro lado del umbral con una cálida sonrisa ofreciéndome una taza de café. Todo el frío se disipa al instante, y no solo por el calor del interior, sino por estar junto a este gran escritor cuyo talento solo puede igualarse a lo gran persona que es.
Desde hoy seré Castrogueriano.

– Dices que en el transcurso de tu carrera literaria te deshiciste de varios manuscritos por auto exigencia. ¿Cómo es eso? ¿Por qué no modificar dichas obras y darles una oportunidad?

Prefiero construir antes que restaurar, máxime cuando se trataba de edificios ruinosos, aquejados de la aluminosis de la inexperiencia. Aquellos esfuerzos literarios me sirvieron para crecer en silencio, casi en la clandestinidad, como arquitecto de novelas, y no tienen más valor que ése, lo que no es poco, por otra parte.


– Ciencia ficción, terror. Esos son los dos géneros por los que te has movido. ¿Qué te hace ahora cambiar completamente de registro? ¿Nuevos retos o alejarte de una temática que ya no te divierte?

Durante años escribí novelas realistas, una histórica y hasta alguna novela negra. Así que publicar “Glenn” es, de alguna manera, volver a mis orígenes después de apostar por el díptico de la Doble Muerte y El Manantial. No hay más terror que el que se puede conocer en esta maldita realidad que nos asfixia, ni futuro más próximo que el de mañana por la mañana, alentador para quienes tienen trabajo, deprimente para quienes carecen de futuro. Así pues, “Glenn” es la reafirmación del escritor que fui, soy y seré, ya sea transitando novelas de género o novelas de autor.


– Hoy en día, la mayoría de personas acaban decepcionadas con las adaptaciones de libros al mundo cinematográfico. Con esa premisa, ¿hasta qué punto te gustaría ver una creación tuya llevada a la gran pantalla?

No es algo con lo que sueñe. Me importa más crecer como escritor y alcanzar las metas que me impongo, que la carambola de ver “Glenn” en la gran pantalla. Lo del cine es como la lotería: si te toca, cojonudo, pero no has de pensar en ello. Además, quién sabe, un éxito de tal calibre te puede llegar a convertir en un estúpido millonario cegado por las marcas de sus chaquetas y la de sus coches. Y ése no soy yo. 


– En el libro “El manantial”, dejas un final abierto para que cada uno interprete a qué hace alusión el título. ¿Por qué ese mensaje subliminal para jugar con las mentes de los lectores? Y, ya que estamos, ¿qué es el manantial?

Como escritor soy de los que ordenan todo el puzle de una novela antes de escribir una sola línea. Todo tiene que estar en su sitio y, perfectamente, medido. Nada ha de desentonar. Otra cosa es que luego, a la hora de escribir, hurte un par de piezas a ese puzle para que las complete, a su antojo, el lector. Soy de los que sostienen que el lector es tan inteligente como el novelista, y a ese tipo de lector es para el que escribo.


– Blogs, Facebook, Twitter... Vivimos en una época en que las redes sociales están en su máximo apogeo, propiciando con ello una mejor propaganda de todo. Eso es beneficioso por una parte pero, ¿no tiene un lado negativo ante posibles spoilers u opiniones dañinas? ¿Hasta qué punto debemos dejar o querer que la información fluya sin control?

Claro que se cometen muchos atropellos en internet, y que hay mucha información que se maneja de forma torticera y convenida. Pero son los tiempos que nos toca vivir. En la parte positiva tenemos el milagro de poder hablar con un lector en la otra esquina del planeta en tiempo real y saber de sus dudas u opiniones respecto de tu obra.


– ¿A qué tiene miedo Alejandro Castroguer?

A la pérdida de los seres queridos. Y también a la sacrosanta inutilidad de la agonía, para lo cual es primordial que se legalice, de una puñetera vez, la eutanasia.


– ¿Cuál es fu fantasía oscura?

¿Valdría cenar con Jean Seberg? No sé si es muy oscura o inconfesable, pero es la que me ha venido a la cabeza en este instante. Seguro que luego se me ocurre alguna más viscosa y salvaje.


– En tu obra nos introduces en el mundo de la música de una forma u otra. ¿Qué banda sonora tendría tus obras?

Evanescence, Metallica, Sangre Azul, Cyndi Lauper y otros muchos grupos, amén de algunas músicas clásicas, para el díptico de “La Guerra de la Doble Muerte” y “El último refugio”.

En “El Manantial” la banda sonora viene dada por el propio decurso de la novela: qué mejor canción para hablar de Abel y Verona que ese “The End” de The Doors, que ellos mismos cantan. Escribí buena parte dicha obra oyéndola, pues le va como anillo al dedo a algunas de las escenas.

Y en “Glenn”, obviamente, la música se ajusta al propio repertorio del pianista canadiense. Hay algo de Bach, de Brahms, de Wagner… E lector más curioso e inquieto podrá encontrar una selección de las piezas que aparecen en mi última novela en este enlace:

https://www.youtube.com/watch?v=Xmd_b4KNlpU


–¿Cómo plantea una novela antes de introducirse en el mundo mágico de crear?

Como dije con anterioridad, ordeno el puzle, al completo. Capítulo a capítulo, personaje a personaje. Todo está medido y controlado. En mi tiránico mundo creativo, mis personajes no obran a su antojo, ni se mueven por ese azar inherente al instante en que uno escribe; mis personajes son músicos de una gran orquesta que entran y salen obedeciendo la batuta del director.


– ¿De quién ha bebido y de quién bebe para escribir con este lenguaje tan elegante y poético?

Soy de los que leen poesía antes de escribir, por prescripción médica de uno de mis doctores literarios, Ray Bradbury. Pero también frecuento a otros grandes sanadores de la literatura, Julio Cortázar, Italo Calvino, Ángel González, Henry Miller, Antonio Muñoz Molina, Virginia Woolf, Alessandro Baricco, , Mario Benedetti, John Steinbeck, John Cheever, y un largo etcétera. Autores que cuidan el lenguaje con mimo de orfebres o joyeros.


 – Ha dibujado en la novela ganadora un  personaje  antagónico con zonas  oscuras y espléndida ¿porqué fue elegido Glenn?  ¿Qué supone ganar  con la novela Glenn el Premio Literario Jaén 2015?

Ganar el Premio Jaén de Novela lo es todo para un autor como yo que, atentamente, ha seguido el devenir del citado premio desde que empezase a escribir allá por 1989, con más desatinos que aciertos, dicho sea de paso. Ha llovido mucho desde entonces, pero la ilusión es la misma. Un triunfo de esta magnitud significa dar un vuelco definitivo a mi carrera, la constatación de que acerté a elegir a un personaje real, Glenn Gould, como protagonista de mi nueva aventura narrativa.

Glenn fue un hombre único, intransferible y único como artista, desorientado como persona. De alguna manera, sus miedos son los míos, sus inseguridades son las mías; obviando su hipocondría y algunas de sus excentricidades, Glenn soy yo.

viernes, 4 de diciembre de 2015

DELEITANDOME

 
 
 
 
  
 
Primero me gusta pasar mi mano sobre su piel, siempre húmeda, a veces viscosa como si hubiera salivado por todo su cuerpo.
 
Mirándo su ojos ya vidriosos pero que todavía guardan el miedo al final, su último aliento, introduzco una hoja bien afilada en sus entrañas y voy marcando una línea recta hacia su garganta.
Despacio, con suavidad, siento como voy cortando la carne.
 
Es entonces cuando mi mano penetra en su interior y arranco con fuerza sus tripas, los entresijos que un día le hicieron vivir.
 
Lavo con rapidez mi cuchillo y remojo mis manos para borrar cualquier resquicio de matanza en mi.
 
Vuelvo a mi tarea, despacio, moviéndo con sumo cuidado la cuchilla para liberar la piel de su carne, por todo su cuerpo..., así, de un lado a otro rasgando su identidad.
 
Es acabando cuando lo enjuago con minuciosidad, que no vea ninguna hebra de hilo sanguinolento. Que esté tan puro que cuando mastique un trozo de su carne sienta el placer de comerme la vida.
 
Algunas veces extraigo sus ojos, mis dedos juegan en su boca mientras agarro el globo ocular y lo saco con fuerza. Luego con un machete parto su cabeza en dos.
 
Acabo mi trabajo...
 
La Señora Pepa ha tenido suerte, le he limpiado la mejor pieza del mercado.
Tendrá un buen salmón para su cena de Nochebuena.

Sidrina

 

miércoles, 2 de diciembre de 2015

LA ESTANCIA DEL FONDO



La niña balanceaba los pies sentada en la silla, con cara de aburrimiento y paseando la mirada por enésima vez alrededor. Junto a ella, su madre se miraba las uñas con parsimonia, frotándose de vez en cuando alguna para eliminar imperfecciones apenas perceptibles.
            Todas las sillas de la sala estaban ocupadas por un gran número de personas que esperaban a su turno para entrar en la estancia del fondo, donde de vez en cuando una enfermera con voz de pito salía y gritaba el nombre del siguiente a quien le tocase. Diversos carteles decoraban las paredes de la sala de espera, uno de ellos destacando entre todos, ya que mostraba el motivo por el que la gente estaba allí congregada a la espera de ser atendido. Kasey miró fijamente dicho cartel, en el cual una niña rubia de sonrisa radiante mostraba su brazo derecho con la camiseta arremangada, encontrándose junto a ella un doctor de sonrisa aún más radiante si cabe con una jeringuilla en la mano, cuya aguja se encontraba introduciéndose en la piel de la niña.
            —Para, Kasey —su madre le posó una mano sobre ambas piernas, advirtiéndole con ello de que cejase con el balanceo de las mismas—. Me estás poniendo nerviosa.
            —¿Cuándo nos va a tocar? —preguntó la hija, con una mueca de fastidio en el rostro.
            —Pronto. Así que ten paciencia.
            La puerta de la estancia del fondo se abrió, saliendo una mujer que se presionaba un trozo de algodón sobre el sitio del brazo donde le habían pinchado. Todos los presentes giraron la cabeza hacia la enfermera que salió tras ella, con una hoja en la mano en la que tachó algo.
            —Michael Rider —entonó la enfermera con su voz estridente, levantando la cabeza de la hoja y mirando en derredor.
            Un hombre de traje se levantó de su silla, con la cara lívida y secándose el sudor de la frente. Con pasos lentos se dirigió a la estancia del fondo, cerrándose la puerta cuando él y la enfermera estuvieron dentro.
            —Tengo miedo, mamá —Kasey sentía por dentro ese gusanillo de nervios que tan poco le gustaba.
            Sally cruzó la mirada con una señora mayor que se encontraba sentada enfrente, quien mostraba una cara de pena por el comentario de la niña.
            —¿Miedo a las agujas, cariño? —dijo Sally, acariciando el pelo a su hija—. Será un pinchacito de nada. Ni lo vas a notar. Además, yo también voy a ponerme la inyección y no me ves nerviosa, ¿verdad?
            Kasey negó con la cabeza pero no pudo evitar seguir con ese malestar interno, y más cuando la puerta del fondo volvió a abrirse, levantándose la señora mayor de enfrente al ser llamada por su nombre.
            —¿Y es necesario hacerlo? —preguntó Kasey, esperanzada ante la posible respuesta de que no tenían que hacerlo.
            —Cariño, sabes que sí. No querrás ponerte malita, ¿verdad?
            Finalmente, Sally y Kasey se encaminaron a la estancia cuando les tocó, interponiéndose en su camino la señora mayor que les había precedido, quien se agachó y, con la punta de los dedos, pellizcó a la niña en la mejilla.
            —No tengas miedo, preciosa. No duele nada.
            Sally susurró unas palabras de agradecimiento cuando la mujer se irguió de nuevo y se puso a su altura, mirándose fugazmente a los ojos hasta que la señora abandonó la sala con prisas.
            Una vez dentro, un médico afable les recibió tras una mesa desvencijada de madera sobre la que descansaban varios viales de líquido azul.
            —Bueno, Kasey. Sé que ayudarás a tu madre para que no salga corriendo al ver la aguja —dijo el médico, mostrando unos dientes perfectos al sonreír para animar a la pequeña.
            —Tengo mucha suerte de tener a mi pequeña heroína —contestó Sally, mirando a su hija con orgullo y viendo como esta se tranquilizaba.
            La enfermera trajo un par de jeringuillas, las cuales fueron alimentadas por un vial cada una. Cuando el médico terminó de inyectar a madre e hija les indicó la siguiente estancia a la que tenían que acudir.
            —Muchas gracias por todo, doctor —Sally no pudo evitar que los ojos se le humedecieran.
            —Adiós, Kasey. Has sido muy valiente —el médico revolvió el pelo de la niña, haciendo un gesto a la enfermera para que les acompañase afuera y diese paso al siguiente.
            Sally caminaba junto a su hija agarrada de la mano, contemplando a la gente que quedaba por ser atendida. Doblaron un pasillo a la derecha y llegaron a una doble puerta marrón por la que estaba entrando la señora mayor que les precedió en la estancia del fondo.
            —Tengo un poco de sueño, mamá —Kasey murmuró las palabras, frotándose los ojos con ambos puños.
            —Yo también, mi vida —contestó Sally—. Ahí dentro podremos descansar, ¿te parece?
            Flanquearon la doble puerta y entraron en un espacio enorme lleno de camas plegables y colchonetas por todos sitios. La sala estaba abarrotada de personas que se encontraban tumbadas o sentadas con la espalda apoyada en la pared. El ruido de voces era apenas audible, un mero murmullo que se iba apagando poco a poco.
            Sally se dirigió junto a Kasey a una esquina en la que había una cama libre. Se tumbaron las dos juntas y mirándose.
            —Duerme, mi vida. No me moveré de tu lado.
            —Gracias, mamá —contestó la niña en un tono de voz bajísimo, notando cómo el sueño hacía mella en ella—. Un ratito solo.
            Sally lloró cuando su hija se durmió, notando cómo sus ojos se iban cerrando también por el cansancio. Antes de sucumbir a la inconsciencia, maldijo para dentro por haber llegado a esa situación. Maldijo a todos los países del mundo por haber iniciado ese ataque nuclear entre ellos, dejando el planeta convertido en un erial con imposibilidad de seguir viviendo en él. Maldijo la estupidez humana y la impotencia de no haber podido dar un futuro a su hija. Por otra parte, agradeció la iniciativa del Gobierno de otorgar una forma placentera de acabar con todo, en contraposición de esperar sentado a que la atmósfera irrespirable acabase con ellas.
           Finalmente, Sally se durmió con la mano apoyada en la mejilla de su hija. Se permitió una última sonrisa por saber que su hija murió sin sufrir y sin saber.